Cuando comer deja de ser solo nutrición: salud mental, redes sociales y relación con la comida en la Universidad Villanueva

La semana pasada tuvimos el privilegio de participar en el evento organizado por la Universidad Villanueva bajo el título “Salud Mental y Nutrición: Cuando la alimentación es también salud mental”. Un espacio de diálogo honesto, profundo y necesario en el que abordamos una realidad cada vez más visible: la relación entre cómo comemos y cómo nos sentimos.

Desde Maradam, Victoria y Marta compartieron reflexión clínica y experiencia terapéutica para responder a preguntas que hoy atraviesan especialmente a los jóvenes universitarios. Este es un resumen de las ideas clave que surgieron durante el encuentro.

¿Cuándo la preocupación por comer “bien” deja de ser saludable?

Victoria abrió el debate con una pregunta fundamental: ¿en qué momento el interés por cuidarse se convierte en una fuente de ansiedad?

La línea se cruza cuando la alimentación deja de ser una herramienta de bienestar y se transforma en un sistema rígido de normas que condiciona nuestra vida social, nuestro estado de ánimo y nuestra autoestima.

Muchas veces esta transición es sutil, porque la cultura de la dieta se disfraza de “salud”. ¿Cómo lo hace?

  • Eliminando alimentos que casualmente nos gustan, generando culpa si los comemos.

  • Catalogando los alimentos como “buenos” o “malos”.

  • Estableciendo reglas rígidas sobre horarios, combinaciones o compensaciones según el ejercicio.

  • Utilizando el peso como medidor principal de salud, reforzando la creencia de que bajar siempre equivale a mejorar.

  • Negando el hambre emocional o interpretando señales fisiológicas normales (como la inflamación o el aumento del apetito) como errores personales.

El problema no es la educación nutricional. El problema aparece cuando intentamos adaptar una vida —que está en constante cambio— a una dieta rígida que no se adapta a nosotros. Cuando no podemos sostener esas normas, surgen la culpa, la frustración y, en muchos casos, una relación conflictiva con la comida y el cuerpo.

La alimentación saludable debe adaptarse a tu vida, no al revés. Debe tener una base de educación alimentaria, sí, pero con la flexibilidad suficiente para respetar emociones, gustos, apetencias y contextos sociales.

Como señaló Victoria: los alimentos pueden ser más o menos nutritivos, pero es nuestra conducta la que determina si el hábito es saludable o no.

¿Qué puede —y qué no puede— aportar la nutrición en ansiedad o depresión?

En contextos de ansiedad, depresión o estrés crónico, la nutrición puede ser un pilar de apoyo importante, pero no es una solución mágica.

Puede ayudar a:

  • Mantener ritmos circadianos estables.

  • Sostener niveles de energía más constantes.

  • Proporcionar estructura cuando todo lo demás se percibe caótico.

Por ejemplo, mantener comidas principales como desayuno, comida y cena puede aportar orden y previsibilidad. Tener una despensa organizada o compartir comidas en compañía puede facilitar que la alimentación no se deteriore cuando el apetito o la motivación son bajos.

Sin embargo, cuando entramos en ciclos de restricción —comer muy poco durante horas o días— el cuerpo y el cerebro responden buscando energía rápida y placer inmediato. Esto explica por qué después pueden aparecer episodios de ingesta más impulsiva. No es falta de voluntad; es biología. El cerebro busca equilibrio.

También ocurre lo contrario: picoteo constante sin realizar comidas estructuradas. No es el snack en sí el problema, sino que desplaza comidas completas y genera desorganización.

La nutrición puede apoyar el bienestar, pero no sustituye la terapia psicológica cuando hay un trastorno emocional de base. Es un pilar, no la solución completa.

¿Influye más el estrés académico que la dieta?

Una idea clave del encuentro fue que, en muchos casos, el estrés influye más en la salud mental que el alimento concreto que hay en el plato.

El estrés académico, la presión por el rendimiento, la falta de sueño o la incertidumbre vital impactan directamente en el estado emocional. El estrés afecta nuestras decisiones: también las relacionadas con la compra y la organización de comidas.

Aquí entra en juego la relación con la comida.
Si existe una relación rígida o culpabilizante, la alimentación puede convertirse en un foco añadido de tensión. Si existe una relación flexible, sentarse a comer puede convertirse en un espacio de pausa, regulación y autocuidado.

No importa tanto el alimento aislado, sino la conducta que lo rodea.

Redes sociales, autoestima y salud: ¿demasiada responsabilidad individual?

Marta abordó el impacto del entorno digital en la percepción de la salud. En plataformas como Instagram, TikTok o YouTube no solo se comparten imágenes: se construyen narrativas.

Cuerpos normativos, rutinas “perfectas”, productividad extrema, alimentación “limpia”. Aunque racionalmente sepamos que muchas imágenes están editadas, el cerebro emocional no procesa esa información con distancia crítica. La comparación es automática.

En personas vulnerables, especialmente adolescentes y jóvenes, esto puede generar:

  • Mayor insatisfacción corporal.

  • Sensación constante de no ser suficiente.

  • Confusión entre salud y estética.

  • Normalización de conductas restrictivas bajo la etiqueta de “vida sana”.

Estamos equiparando salud con delgadez, disciplina extrema o control alimentario. Pero la salud es un concepto mucho más amplio que incluye bienestar físico, psicológico y social.

Además, como sociedad estamos poniendo demasiado peso en la responsabilidad individual. El mensaje dominante es: “Si no estás bien, es porque no te esfuerzas lo suficiente”. Esto invisibiliza el impacto de los algoritmos, la presión estética, la cultura de la dieta o la gordofobia.

La autoestima no se construye en el vacío. Se construye en un ecosistema: familia, escuela, grupo de iguales y medios de comunicación.

¿Por qué cuesta tanto integrar el placer sin culpa?

Se habla mucho de nutrientes y muy poco de disfrute.

Hemos heredado una cultura profundamente moralizada en torno a la comida: “portarse bien”, “portarse mal”, “cheat meal”, “pecar el fin de semana”. Este lenguaje introduce culpa y compensación.

Cuando la salud se asocia a control y disciplina extrema, el placer se vuelve sospechoso. Disfrutar parece sinónimo de perder el control.

Sin embargo, desde la psicología sabemos que el placer no es enemigo de la salud. Es un regulador natural. El disfrute consciente favorece una relación flexible con la comida y reduce el riesgo de restricción y posterior descontrol.

Una alimentación verdaderamente saludable integra nutrición, cultura, vínculo, tradición y satisfacción sensorial. Comer no es solo un acto biológico; es también social y emocional.

¿Es la alimentación causa o consecuencia del bienestar mental?

La relación es bidireccional.

Cuando estamos emocionalmente bien, solemos organizarnos mejor y cuidarnos más. Cuando atravesamos momentos difíciles, pueden cambiar el apetito y los patrones alimentarios.

La alimentación influye en el estado de ánimo, pero también refleja cómo estamos. No es una relación lineal, sino circular.

Un mensaje final para los jóvenes

Si tuviéramos que resumir todo el encuentro en una sola idea, sería esta:

Tu valor no depende de tu cuerpo ni de lo que comes.

Cuidarte no es controlarte.
Cuidarte no es castigarte.
Cuidarte no es compararte.
Cuidarte es escucharte.

Como dijo Victoria en su frase de cierre: No es lo que comes, sino lo que no comes —porque a veces lo que no comes es lo que te genera conflicto.

Nuestra vida está en constante cambio. Nuestra alimentación también debe estarlo. Con educación, sí. Pero también con flexibilidad, autocompasión y respeto por nuestras emociones.

Porque cuando la alimentación es también salud mental, el objetivo no es la perfección. Es el equilibrio.